En Kato Café / Emilio Civit 556 / 20 hs.
Cada vez que he escuchado “estudios sobre la mujer” me pasan varias cosas: en principio, no me gusta que de la mujer se haga un objeto de estudio. Eso puede suponer que hay que dedicarse al estudio de algo porque: es desconocido, porque es extraño, cosa que también pasa con la infancia. Las pedagogías y psicologías que tienen por objeto de estudio a los niños, terminan reduciéndolos a estereotipos, a cronologías, a fases madurativas, y encasillando cada vez más algo que de por sí es desconocido, extraño, y que lo seguirá siendo. Pero con la cuestión de género, me pasa algo más: y es esa insistente y políticamente correcta lucha por la igualdad. ¿De qué igualdad hablamos? Bueno, la igualdad respecto del hombre, es decir, la constitución de la subjetividad de la mujer a partir de un otro, que, casualmente, ha sido quien ha estado legitimado y facultado en los órdenes sociales y políticos occidentales. Pero caer en esa lucha por la igualdad, corre el riesgo de no considerar la diferencia.
Hasta ahora no había prestado demasiada atención y hasta había tenido cierto rechazo entonces a estos “estudios”. Hasta que encontré una española que no habla “sobre” sino “desde”, desde la mujer que es. Su nombre es Nuria Pérez de Lara.
Tomaremos algunas de sus consideraciones de su palabra, alrededor de tres tópicos: el cuerpo, la mirada, y la educación.
· El primer rasgo que nos acoge a mi entender, y creo que esta será una de las pocas cosas objetivas que aquí afirme, es ese de tener un cuerpo de mujer, es decir, un cuerpo marcado por la diferencia sexual en femenino. Y del cuerpo femenino dice María Milagros Rivera: “Del cuerpo femenino es clave en mis lecturas su capacidad de ser dos; una capacidad que por azar pero necesariamente, le es propia . Una capacidad que consiste en la creación y gestión de seres humanas y humanos y en la creación y gestión de relaciones. Una capacidad que ni incluye ni excluye la maternidad. Entiendo, sin embargo, que esta capacidad, ejercida o no, es una fuente importantísima de significado, de simbólico; simbólico que tienen históricamente en cuenta, aunque de maneras generalmente distintas, mujeres y
hombres.
Mirar al cuerpo femenino desde esa capacidad de ser dos que en él se halla inscrita significa tanto la negación de aquella idea de que la identidad femenina estaba reducida a, y condenada por, su naturaleza, como la afirmación, la gozosa acogida, de que es de esa naturaleza de donde procede su capacidad para dar sentido a la relación humana, es decir, que es de esa naturaleza del cuerpo de mujer de donde procede la capacidad femenina de darse y dar a los demás el sentido de la vida en relación. Mirar al cuerpo femenino desde esa capacidad que en él se halla inscrita significa abandonar de una vez por todas ese absurdo dilema entre lo biológico y lo social, entre lo innato y lo construido, fruto del empeño del orden simbólico masculino por enmudecer la obra de las mujeres en el mundo, el don civilizador de las mujeres al mundo.
· «La mirada con que una mujer se mira a sí misma es diferente de la mirada del hombre. Para la vida humana es necesario saber algo de sí, pero el hombre adquiere casi siempre este saber en forma de idea o definición (la definición es la forma típicamente masculina del conocimiento). La mujer suele verse vivir desde dentro, sin definición de una forma directa, prescindiendo del personaje que el hombre necesita crear para verse vivir a partir de una idea o un personaje. Es femenino verse vivir desde dentro, como si la mirada proviniese de un centro situado más allá del corazón pero siempre
encarnado»
Así expresa María Zambrano la diferencia de la mirada femenina sobre sí, una mirada que no necesita de la creación de un personaje, definido y delimitado por la razón, porque se trata de una mirada que viene del corazón, de una mirada que habla del sentirse vivir y no del imaginar o dibujarse una vida concreta.(…)
Quizás sea esta cualidad – a veces positiva a veces negativa- de la falta de conciencia de los límites, otra marca que da un significado diferente a la experiencia de las mujeres en el mundo. Vernos vivir y mirar la vida desde dentro para desear salir de sí yendo hacia lo otro y el otro, con ese deseo de la relación que nos hace desearla en sí misma, por el gusto de vivirla, quizás nos diga algo de esa cualidad que, al no ponerse límites de antemano, abre el máximo de posibilidades, es cierto, pero también lo es que, al mismo tiempo, hace más difícil encontrar la medida en nuestra entrega al otro y a lo otro.
· “La mujer tiene una mayor cercanía con la naturaleza, pero no se queda tampoco en ella, pues, de ser así sería otra especie distinta del hombre; ella también crea, y su primera creación es eso que llamamos amor. El amor es una creación espiritual como el arte, como la
ciencia.”
Es esta una cita de María Zambrano a la que se refiere Mª Milagros Rivera y dice al respecto “María Zambrano sugiere en este fragmento que la poca visibilidad de lo femenino en la creación humana no se debía a la supuesta falta de educación de las mujeres –que es lo que había sostenido el feminismo de las reivindicaciones del siglo XIX- sino a la poca visibilidad del amor en las instituciones educativas del siglo XX.(…)
En este sentido, me sirve esta referencia para señalar un hacer político que ya en nuestra Universidad se está produciendo, ese de las mujeres que no olvidan su origen y reviven día a día su propia originalidad en su quehacer. Ese de las mujeres que poniendo el acento en la mediación amorosa y no en la mediación de dominio, viven la experiencia educativa a partir de un reencuentro con la autoridad –más propia de las mujeres que de los hombres- basada en la relación y en el reconocimiento de la palabra de la otra, del otro y procuran evitar la relación de poder – más propia de los hombres que de las mujeres- basada en el dominio del otro, de la otra, y de lo otro imponiendo la propia palabra y las de las disciplinas, sobre la palabra de alumnos y alumnas la cual, entonces, sólo suele ser escuchada cuando se expresa como repetición de lo dado y sometimiento a la norma. Este quehacer basado en la mediación amorosa, en la relación y la escucha de la palabra del otro, no siempre puede evitar las relaciones de poder que mantienen y se mantienen a través de la norma institucional y entonces no debe evitar el conflicto que ello produce en cada una de nosotras y en la relación educativa.